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lunes, 10 de mayo de 2010

MISIÓN – PROFESIÓN – VOCACIÓN

Misión es el “para qué” venimos a esta Tierra. El proyecto que llevamos desde el momento anterior al nacimiento, y que da sentido, fundamenta ese nacimiento.

Desde chicos, se observan en nosotros, las “herramientas” que traemos, los dones con los que contamos, para “cumplir esa Misión”.

Fulanita es rebelde, contestadota. Menganita es callada y diplomática. Otro es mediador. Otro, artista, creativo con algo de locura. Otro, activo, práctico y emprendedor. No me refiero a cómo se va formando la personalidad según nuestro entorno social, familiar o cultural, sino al bagaje de actitudes, conocimientos, que ya traemos con nosotros y se distinguen desde el mismo instante en que nacemos, esa “sabiduría innata”.

La palabra vocación suena a algo parecido. Es aquello que nos gusta hacer, que nos atrae, que sentimos “estar hechos para ello”, que realizaríamos aún sin tener paga alguna por hacerlo. La “vocación” está referida a algo más terreno, menos espiritual, más “de esta vida”; en tanto que el término “misión” es más abarcativo, va mucho más allá, incluye un “algo” espiritual. (Quienes creen en la existencia de más de una vida, es decir, en la reencarnación, también creen que empleamos varias de estas encarnaciones para el cumplimiento de una misión).

Profesión, en cambio, está relacionada con alguna actividad de índole comercial, laboral, o estudios que nos permitan alcanzar o desarrollar dicha actividad. Es aquello a lo que nos dedicamos (o nos dedicaremos), para obtener un rédito económico que (supuestamente) nos permitirá subsistir.

Cuando misión-profesión-vocación van juntas, la persona siente plenitud, felicidad, algo así como “la seguridad de estar haciendo lo que uno vino a hacer”. Como consecuencia de esa plenitud, de esa alegría, surge una gran corriente de energía positiva que reafirma el continuar en ello, aún cuando el pago sea insuficiente o, exija pasar muchas horas trabajando con ese fin.

Como antes mencionaba, al nacer, el bebé ya trae consigo herramientas para cumplir con su misión, y otras a ampliar, o mejorar, que le permitirán superarse cada vez más, “crecer” más allá del crecimiento físico.

En el Jardín de Infantes, a menudo se valoran las diferencias, se trabaja mucho mediante el juego, en libertad, y las “herramientas” de cada niño, se ven en todo su potencial, en cada actividad que realiza.

A medida que el chico crece, comenzamos (como padres y como docentes), a poner nuestras expectativas personales en él, y esto puede jugar a favor suyo o en su contra… (¿Qué sucede si la “misión” del niño no está “alineada” con una “profesión” bien remunerada o que implique el prestigio social, que nosotros deseamos “para él”? ¿Qué pasa cuando una vocación (como la artística) no se ve socialmente como una profesión y la dejamos limitada a “un hobby”?). A esto, sumémosle la “obligación social” de, precisamente, “socializarlos”. Solemos confundir “socialización” con “uniformidad”. Esperamos y pedimos que se comporten “normalmente” (¿Y qué es “normalmente”? ¿Es posible que algo sea “normal” para una familia y “extraño” para otra?). Entonces, exigimos que se junten con “familias como uno” (lo que los vuelve intolerantes e irrespetuosos ante realidades ajenas, tan válidas como la nuestra), que estén callados y atentos aún ante una actividad aburrida o lejana a ellos, distante a sus emociones. (¿A que nadie tiene que “obligarlos” a permanecer quietos y callados cuando ven la serie de televisión que les gusta? Y que guste, no necesariamente quiere decir que sea naif, o de poco contenido. Hay programas de gran contenido metafísico o filosófico de trasfondo (como por ejemplo, “Casi Ángeles”), otros, de contenido científico (como los de Animal Planet), y otros sí, de entretenimiento (que también es necesario, y un tema sobre el cual me explayaré en otra entrada).

Una vez, en un Colegio secundario católico al que asistí, la Rectora nos dijo que “en misa HABÍA que permanecer callados”. Y nos puso el ejemplo de una santa que se aburría tanto por no entender las misas, que contaba una y otra vez las velas de la Iglesia.

No lo expresé, pero recuerdo haber pensado… “entonces… ¿para qué sirve una misa?”. Obviamente, jamás admiré a esa santa, ni fue ningún ejemplo educativo para mí (de hecho, ni siquiera recuerdo su nombre), y con mi prima, decidimos que era mucho más entretenido mirar chicos, que contar velas, en las misas. Y eso no nos hizo mejores ni peores personas, ni mejores o peores cristianas.

En definitiva, el problema es que, cuando socializamos, estamos educando para vivir en sociedad, pero cuando uniformamos, cercenamos, coartamos posibilidades, logramos que se destaquen los que se callan, los que no se muestran, los que ceden posiciones propias ante posturas ajenas, los que aceptan normas externas sin haber comprendido o internalizado si esa norma es válida y, por ende, no luchan por cambiar normas obsoletas o ridículas, los que se muestran como los demás los quieren ver, los que se reprimen ante la opinión del grupo. Al crecer se volverán cerrados, intolerantes, adaptables tanto a lo bueno como a lo malo, incapaces de valorar las diferencias como algo enriquecedor, creedores de que todo lo bueno se limita a lo que ellos piensan porque la mayoría piensa igual, o porque lo dijo un famoso escritor internacional (que era un perfecto desconocido hasta que el marketing nos hizo pensar que el libro que vemos hasta en la sopa es genial, y todos “debemos” leerlo).

Esto no se ve, pasa desapercibido en nuestra sociedad, pero… a pesar de haber dejado de comprarles armas de juguete, a pesar de obligarlos a juntarse con “iguales” por miedo a lo diferente, los chicos están cada vez más insatisfechos, apáticos, tristes, violentos, y manejados por un capitalismo que (a través de ellos) nos manejará a nosotros. La droga afecta por igual a todos los “desiguales”. Y en lo personal, no creo que esto se deba únicamente a una cuestión de límites. Es una cuestión de AMOR AL OTRO, de AMAR AL PRÓJIMO Y A NOSOTROS MISMOS, EXACTAMENTE POR IGUAL, y con todo lo que la palabra “AMOR” significa: aguante, tolerancia, respeto, discusiones, abrazos, llanto, risas, aceptación, y todo lo que no cabe en palabras…

Hoy en día, las sociedades necesitan chicos cuestionadores, pero tolerantes; firmes y con personalidad, pero que sepan respetar a quienes sostengan ideas o creencias diferentes. Y como docentes, lo primordial es SABER ESCUCHAR, SER CAPACES DE VER Y SENTIR más allá de lo que escuchamos, y AYUDAR DESDE LA REALIDAD DEL OTRO y la aceptación de la misma (no condescendientes, no erróneamente compasivos, y nunca, JAMÁS JAMÁS JAMÁS, juzgando desde nuestra propia realidad vista como la mejor, porque ese es uno de los mayores errores que todos cometemos…

En un mundo tan difícil, ACEPTAR, TOLERAR, ESCUCHAR Y ABRAZAR no son acciones tan difíciles.

Y hablemos, pero también HAGAMOS ACORDE A LO QUE HABLAMOS… un ejemplo vale más que mil palabras…

ROXANA LAURA RONQUILLO

Junio de 2009

domingo, 9 de noviembre de 2008

El propósito de este blog: Comunicarnos - Reaprender


- Soy docente, pero no ejerzo en ningún colegio... -es mi respuesta obligada cuando preguntan mi profesión.
Y entonces llega la re-pregunta: “- ¿Por qué?”. O la re-respuesta (totalmente desacertada):

- "Claro, hoy en día, aguantar a los chicos es difícil...”.
Y no, no tiene nada que ver con los chicos. Sí. Acepto que estén más rebeldes, cuestionadores, violentos, que en anteriores generaciones. También es evidente que nosotros, los adultos, no estamos “haciendo las cosas bien” (y no es sólo una cuestión de límites).
No soy maestra porque entiendo más el malestar, la abulia, el desgano y el rebelarse de los chicos, que al viejo sistema educativo reformado, re-reformado y lleno de remiendos (“prestados” de sistemas educativos que funcionaron -o no- en otros países). Entiendo más los cortos tiempos de atención de los chicos (relacionados con un mundo atiborrado de mensajes audiovisuales que nosotros, los adultos, fabricamos), que a la estructura educativa, a veces absurda, en un mundo roto, fragmentado, desestructurado, y con pocas posibilidades de reconstruirse si no elegimos cuidadosamente los “elementos”, los valores con los cuales restaurarlo (hacerlo, y no “decirlo”, para quedarnos luego impasibles en las palabras). Entiendo más la abulia de los chicos, que el “intentar hacer” de todos los que somos protagonistas de este sistema educativo, que trabajamos desde la teoría, sin escuchar ni respetar al alumno como persona.
Hagamos una mirada “hacia adentro”... hacia nuestro propio interior, y busquemos (con objetividad y sin sentirnos movidos a justificarnos) qué es lo que estamos “haciendo mal”. No tengamos la soberbia de no querer verlo.
¿Vieron la película “Patch Adams”? Si no lo hicieron, se las recomiendo. Véanla una y otra vez. Hagan un paralelo entre lo que ocurre en ese film con la medicina y lo que ocurre (al menos en Argentina) con la docencia. ¿Sabemos o hacemos? ¿Damos o pedimos? ¿Pedimos o exigimos? ¿Hablamos, escuchamos, nos damos tiempos, o estamos siempre corriendo porque así son las exigencias? ¿Es muy idealista lo que digo? Y sí, pero también es muy realista. En el camino hacia el ideal alcanzamos la excelencia. ¿Se preguntaron alguna vez por el significado de “la excelencia” en el trabajo docente? Para mí, sería poner todo (el amor, el conocimiento, la alegría, el cuidado, el respeto por las individualidades... todo) en nuestra “cartera” y llevarlo al colegio. Prepararnos cada mañana con la misma emoción con que iríamos a una cita el sábado... Y sí... Ya sé que no es lo mismo, que tenés mil obligaciones, que a veces los chicos “te vuelven loca”, que... no importa. Olvidate de eso por un rato. Comencemos por dar el primer paso en la búsqueda del cambio.
Con ese fin quisiera que este blog se transformara en un intercambio de ideas, de broncas, de propuestas, de confidencias, de exteriorizaciones de la impotencia impuesta, de caminos alternativos, de todo lo que se nos ocurra... y todo lo que nos ocurra.
Hay algo que no aclaré antes: yo, a pesar de todo, continúo ejerciendo la docencia, pero desde “afuera del sistema”: trabajo como maestra de apoyo escolar a domicilio, ayudando a chicos de entre seis y doce años con problemas escolares de todo tipo. A lo largo del tiempo, hablé (más corazón a corazón que cara a cara) con mis alumnos (de a uno, no en una clase de veinte o veintiocho). Escuché razones, tristezas, esperanzas y decepciones de chicos y familias enteras de todo tipo y condición social. Puedo dar clarísimos ejemplos de que en el torbellino de impaciencias que es el mundo de hoy, a los chicos no se los escucha ni se los respeta como personas. Les exigimos que se conviertan en “adultos en miniatura”, y nos enojamos cuando nos cuestionan como si fueran adultos.
No te conformes con la explicación “de la falta de límites” o “la violencia social que sufren los chicos de hoy en día” o “el exceso de horas frente a la computadora o la TV”. Eso es muy cierto, pero demasiado generalizado, demasiado “global”. Y contra eso es poco lo que podés hacer, o aportar. Buscá más allá. Fijá la vista en el bosque y en el árbol a la vez. En el grado, en el chico y en la familia. Pero con una mirada piadosa. Todos tenemos nuestras razones. Seamos tolerantes con las razones ajenas, tan válidas como las propias. Empujemos juntos al auto que no arranca, sin importarnos determinar quién lo necesita.
Yo, por mi parte, iré subiendo al blog ejemplos cotidianos, frases, material de ayuda (¿Se informaron alguna vez sobre los “niños índigo” o “niños cristal”? ¿Leyeron alguna vez a Osho?) Aquí lo haremos juntos.
Esta es mi propuesta.
Espero tu respuesta.
De corazón a corazón.
Hasta muy pronto.